A diferencia de las tarjetas de crédito o los préstamos personales, la deuda técnica no aparece en ningún extracto bancario. No hay una cifra clara, no hay alertas automáticas y, muchas veces, no hay ni siquiera consciencia de que existe… hasta que empieza a doler.
En el mejor de los casos, esa deuda se asume de forma consciente: se documenta con un TODO, se crea una tarea en el backlog o se deja constancia de que “esto habrá que arreglarlo más adelante”.
Pero en demasiadas ocasiones esa documentación no se genera “porque no hay tiempo”. O peor aún: no se es consciente de que se está pidiendo prestado.
Y como ocurre con cualquier deuda, los intereses se acumulan.
El problema no es tener deuda técnica —es inevitable en cualquier proyecto real—, sino no saber que la tienes hasta que te bloquea.
Señales claras de deuda técnica
Estas son algunas de las formas más habituales (y peligrosas) de detectarla.
1. Auditorías que destapan más de lo esperado
Una auditoría técnica —interna o externa— suele ser el primer punto de contacto con la realidad.
No solo aparecen problemas de estilo o pequeñas mejoras, sino patrones repetidos de acoplamiento, soluciones temporales que se volvieron permanentes y decisiones que ya nadie recuerda por qué se tomaron.
Si una auditoría genera una lista larga de “esto habría que…” es una señal clara.
2. Cada nueva funcionalidad cuesta más que la anterior
Cuando añadir una funcionalidad pequeña requiere tocar muchas partes del sistema, coordinar varios despliegues o invertir más tiempo en “no romper nada” que en aportar valor, el sistema está pagando intereses.
La deuda técnica ralentiza la velocidad de entrega de forma progresiva, casi imperceptible al principio.
3. Código frágil: tocar una cosa rompe otra
Cambios aparentemente inocuos que provocan efectos colaterales inesperados son un síntoma clásico.
El código deja de ser local: no puedes razonar sobre una parte sin pensar en todo el sistema.
Aquí suele aparecer la frase:
“Mejor no toques eso, que funciona.”
4. El código empieza a dar miedo
Cuando trabajar sobre una base de código se vuelve desagradable, estresante o genera rechazo, algo va mal.
No es solo una cuestión estética.
Es una señal de que la complejidad accidental ha superado a la complejidad del problema real.
5. Reticencia a actualizar infraestructura
Actualizar versiones de librerías, SDKs o frameworks genera resistencia:
“Mejor no tocarlo”, “ya veremos”, “ahora no es prioritario”.
Esto suele indicar acoplamientos frágiles, dependencias mal gestionadas o falta de tests que den confianza.
El resultado es estancamiento tecnológico, posibles problemas de seguridad… y más deuda.
6. Tests inexistentes o irrelevantes
La ausencia de tests —o la presencia de tests que no detectan errores reales— elimina cualquier red de seguridad.
Sin tests útiles:
- Los cambios son más lentos.
- El miedo a romper cosas aumenta.
- El coste de mantenimiento se dispara.
La deuda técnica no solo está en el código, también está en lo que no se validó nunca.
Detectar antes de que bloquee
La deuda técnica no aparece de golpe.
Se infiltra poco a poco, decisión a decisión, sprint a sprint.
Detectarla a tiempo permite:
- Priorizar refactors con criterio.
- Tomar decisiones técnicas conscientes.
- Evitar que el sistema se convierta en un freno para el negocio.
Ignorarla no la hace desaparecer. Solo la hace más cara.
¿Necesitas que te ayude a poner a raya tu deuda técnica?